Basílica de San José de Flores

El dueño de las tierras de lo que hoy es Flores era Don Juan Diego Flores, quien al morir en 1801, las dejó en herencia a su hijo adoptivo Ramón Francisco, y éste en el año 1806, siguiendo el consejo de su administrador Antonio Millán decidió fraccionar la parte central de su propiedad, la cual era atravesada por el camino Real, actual avenida Rivadavia, en pequeños lotes. En la misma época el obispo Benito Lué y Riega realizaba una visita pastoral por la campaña, comprobando la falta de asistencia religiosa de los pobladores de la región, viendo la necesidad de crear un nuevo curato, y le solicitó a Flores poder hacerlo en sus tierras.
Ramón Flores donó, entonces, a la Curia de Buenos Aires una manzana para la construcción de una Iglesia, y dos más, al Estado para la formación de una plaza y para los corrales del futuro matadero público.
El obispo aceptó la donación y elevó el pedio al Virrey Rafael de Sobremonte quien lo autorizó inmediatamente. Lue y Riega, entonces mediante un Auto de Erección el 31 de mayo de ese año creó el curato bajo la advocación de San Joseph con el agregado de Flores en agradecimiento a la familia donante.
En noviembre de 1806, los vecinos comenzaron por su cuenta a levantar la primera capilla sobre la actual calle Rivera Indarte con frente hacia el este. Era una construcción precaria, erguida con materiales inadecuados, techo de paja sostenidos por tirantes de palmera y paredes de adobe. Al poco tiempo comenzó a mostrar filtraciones de agua y graves rajaduras en sus paredes, con lo que amenazaba desplomarse sobre los feligreses. El obispo Lué, entonces, comenzó a recaudar limosnas en dos oratorios particulares.
En 1806 el presbítero Simon de Bustamante fue el primer sacerdote interino del templo. Ocupó ese puesto hasta el 4 de diciembre de 1808 en que se hizo oficialmente cargo del curato, el padre Miguel García, debió abocarse con urgencia a reedificarlo todo. Era doctor en Teología egresado de las universidades de Córdoba y Chuquisaca, de una cultura poco común para la época. Con los años llegó a ser presidente de la Legislatura y más tarde, Rector de la Universidad de Buenos Aires.
Para poder edificar un templo más sólido y duradero, García no dejó propietario sin visitar, consiguiendo lo que muchos consideraban casi imposible, sacarle en donación al propio Ramón Francisco Flores: doce mil ladrillos de primera calidad. Los habitantes del barrio eran de muy pocos recursos económicos y el padre poco pudo hacer con el escaso dinero así obtenido.
El 19 de febrero de 1810 comenzaron a realizarse los cimientos de la nueva Iglesia, en una extensión aproximada de “8,5 varas de frente por 20 de fondo”, pero, el 12 de mayo de 1810 los trabajos tuvieron que suspenderse nuevametene por falta de fondos.
Casi un año después, el 18 de febrero de 1811 recomenzaron los trabajos, quedando nuevamente suspendidos el 10 de mayo de ese mismo año. No lográndose darles término, el presbítero García se vio obligado a establecer la Iglesia en uno de los corredores contiguos al edificio en construcción, y durante dos décadas se mantuvo en ese lugar.
Y fue aquí cuando el General Manuel Belgrano con sus tropas rumbo al Norte, se detuvo para orar y pasar la noche del 24 de enero de 1812.
El templo se hallaba ubicado con frente a la actual avenida Rivadavia, casi sobre la intersección de Rivera Indarte; probablemente el espacio que mediaba entre la puerta de la Iglesia y la línea de la calle, estaba destinada al respectivo atrio. Al paralizarse las obras en 1811, el templo se encontraba aún sin techo, pero con algunas paredes levantadas por el costado y cerradas las dos capillas que quedaban a ambos lados; y en ese estado permanecieron las obras durante largos años, sufriendo deterioros tales que provocaron su completa destrucción. En vista de esto, el gobierno de Bernardino Rivadavia decretó en 1823 emprender a su costa, la edificación de un nuevo templo parroquial, proyecto que nunca se concretó.
Los padres Manuel José de Warnes, José Ignacio Grela y Nicolás Herrera llegaron a la parroquia en 1824. Para entonces la capilla resultaba pequeña y los vecinos del pueblo, no obstante las cuatro misas del domingo quedaba fuera sufriendo los rigores del sol o las inclemencias del frío. Herrera introdujo importantes reformas y se encargó de embellecer las iglesia con nuevas imágenes, colocando en el centro del altar mayor la del patrono San José, talla de notable calidad, obra del escultor Isidoro Lorea.
Por primera vez los vecinos pudieron escuchar música sacra proveniente de un pequeño órgano de construcción local, para el que se habilitó un nuevo coro de madera. Muchas de estas mejoras como la pintura, el dorado de los altares, las verjas, los cuadros, las campanas o los postes en el atrio para que los paisanos pudieran los domingos amarrar sus caballos se hicieron con generosas donaciones de vecinos de la Capital, que por ese entonces ya comenzaban a edificar sus casas de descanso en el pueblo.
En febrero de 1830 sucedido al padre Herrera el doctor Martín Boneo, amigo personal de Juan Manuel de Rosas. El nuevo párroco dedicó sus esfuerzos a dos proyectos prioritarios: edificar una nueva iglesia y erradicar el pequeño cementerio lindero trasladándolo a un lugar más amplio y menos urbanizado. En solo dos meses consiguió Boneo entusiasmar a los vecinos, que apoyaron sus propuestas abriendo una suscripción pública en todo el partido. El Juez de Paz resolvió destinar los importes de las multas a los contraventores y los feligreses más humildes ofrecieron su trabajo personal, cal, leña, pan, adobes y pequeñas sumas de dinero.
El padre Boneo no dudó en contactarse con los referentes de las clases acomodadas de la época para recaudar el dinero suficiente para terminar el templo. Nombró como síndicos de la obra a los terratenientes Juan N. Terrero y Luis Dorrego y poco después obtuvo algo más importante: la solidaridad del gobernador Juan Manuel de Rosas, a quien nombró padrino del templo y quien jugaría un papel decisivo para su concreción.
Detrás de Rosas siguió toda la sociedad porteña que rivalizó en donaciones de diverso género para la nueva iglesia, desde dinero hasta ladrillos, rejas, puertas de cedro, manteles, alfombras o implementos de culto. Entre ellos encontramos los nombres de Encarnación Ezcurra y su hermana María Josefa, Manuel Vicente Maza, Lucio Mansilla, Angel Pacheco, Juan José Paso, José Rondeau, Gregorio Perdriel, Gervasio Rosas, Juan José de Anchorena y otros.
El afamado ingeniero Felipe Senillosa, autor de los planos, tomó con agrado la dirección de la obra en forma totalmente gratuita. La iglesia se inauguró el 11 de diciembre de 1831 con grandes festejos populares que se prolongaron durante toda la semana. Lo consagró el obispo Medrano y Cabrera con la presencia del gobernador de Buenos Aires y ofreció la primera misa el doctor José María Terrero, aunque todavía faltaba terminar el pórtico y la segunda torre, que se concluyeron en 1833.
En el año 1878, más precisamente en abril, se hizo cargo de la Parroquia el padre Feliciano de Vita, quien encaró la construcción de un nuevo templo para reemplazar el edificado por Senillosa, ya que por un lado su capacidad no alcanzaba para albergar a toda la gente y además estaba fuera de tono con las grandes residencias que ya se habían construido en los alrededores por parte de las familias acaudaladas de la zona. Estas mismas volvieron a colaborar con generosos aportes al proyecto. De aquel edificio quedan pocos testimonios, entre ellos unos grabados de Carlos Pellegrini
Así el 4 de mayo de 1879 se colocó la piedra fundamental del nuevo templo. En lo que es hoy un enclave fundamental del barrio, frente a la plaza Pueyrredón y franqueada por tres pasajes (Salala, Espejo y Pescadores)
Casi dos meses después, el 23 de julio de 1879, los arquitectos Benito Panuzi y Emilio Lombardo, encargados de la obra, daban por concluidos los planos, colocando los primeros ladrillos del actual templo, y desde entonces los trabajos para la recolección de fondos tuvieron que redoblarse.
La comisión encargada de este objetivo estaba compuesta por: Ángela Dorrego de Ortiz Basualdo, presidente; Carmen Díaz Vélez de Cano, vicepresidente; Teresa R. Freso, tesorera; Enriqueta Terrero, secretaria; Antonio Marcó del Pont, presidente, Feliciano De Vita, cura vicario, presidente honorario; José Luis Amadeo, tesorero; R. Ruiz de los Llanos y Luis O. Basualdo, secretarios.
El 18 de Febrero de 1883, después de 3 años y 9 meses de lucha continua, la actual Iglesia de San José de Flores fue inaugurada y bendecida por Monseñor Federico Aneiros, en medio de una gran celebración popular, los padrinos del templo fueron el Sr. Gobernador Dardo Rocha y la Sra. Felisa Borrego de Miró.
El diario La Prensa del 19 de Febrero de 1883, da cuenta de este acontecimiento:
"No se borrará fácilmente de la memoria del vecindario de Flores la fiesta del Domingo. Todo contribuyó a que la ceremonia fuese agradable y espléndida. Desde bien temprano el repique de campanas y el movimiento inusitado que se advertía en Flores, daban a entender lo que se esperaba. La ceremonia religiosa fue precedida de las naturales impaciencias en un público tan numeroso y que cada vez recibía mayor contingente en tranways, ferrocarriles y carruajes particulares. Las bandas de música de artillería, del 7 de línea y del batallón de marina llegaron al pueblo a las 10 y media. Ya se encontraba alojado en la casa del cura el Arzobispo y se aguardaba solamente al padrino, que lo era el Gobernador, para dar principio a la ceremonia. Muy cerca de las doce, la madrina, Sra. Borrego de Miró, acompañada por el Dr. Rocha y la comitiva entraban al templo. El interior de la Iglesia ofrecía un aspecto entre juguetón y severo. Por una parte una inmensa cantidad de hermosos ramos de flores, que no obstante su fragancia, no podían ocultar el olor a cal húmeda que aún despedían las paredes.”
Fue elevada a Basílica menor, el 20 de enero de 1912 por el Papa San Pío X, siendo párroco Don Daniel Figueroa, quien la decoró y embelleció tal como hoy se encuentra. Asimismo fue en ese año y con tal motivo, que llegaron desde Roma la imagen de Santa Columba, virgen y mártir, y las reliquias insignes que en su interior se conservan, obsequio de Monseñor Antonio Sardi, obispo de Agnani, en Italia donde las monjas cistercienses las tenían en un santuario
En 1916, el 1° de julio, la Basílica fue consagrada al Sagrado Corazón de Jesús.
En el año del 150° aniversario, el 28 de octubre de 1956, en medio de grandes festejos, la hermosa imagen de San José que preside el altar mayor del templo, recibió la coronación pontificia, por especial distinción del papa Pío XII, siendo párroco Monseñor David Auletta, inaugurándose al mismo tiempo el Camarín de San José y el Bautisterio.
Entre los años 1996 y 1997, dicho camarín vio acrecentada su belleza por la serie de tres pinturas realizadas por artistas ucranianos y una restauración efectuada.
Por Resolución 58/2006, en el año de su bicentenario fue declarada Sitio de Interés Cultural.
Unitarios y Federales
Esta lucha fraticida planteada en la primera mitad del siglo XVIII tuvo también como protagonista a la Basílica.
El 13 de diciembre de 1828 Manuel Dorrego (enemigo de Rosas) fue fusilado por el General Juan Lavalle en la localidad bonaerense de Navarro. El padre Herrera, párroco en ese momento, era simpatizante de los unitarios por eso se realizó un celebre funeral en la iglesia.
Por su parte Facundo Quiroga, caudillo de la provincia de La Rioja, partidario de Rosas fue asesinado en Córdoba, en el paraje conocido como Barranca Yaco. Este luctuoso hecho ocurrió el 16 de febrero de 1835. El templo estaba a cargo de un cura amigo del gobernador Juan Manuel de Rosas, el padre Boneo y por ese motivo allí se realizó el funeral y sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta.
© 2009 Miguel Cabrera